
Tras el largo recorrido, por fin he llegado a Santiago. El día oscuro y el aire maloliente, son señales de éxito. El silencio sepulcral me da la bienvenida. Estoy a escasos minutos de lograr la eternidad. Alcanzaré mi premio y seré venerado hasta el fin de los tiempos. De pronto escucho su voz. Ahí esta el enemigo a vencer. No espero más y salgo desde el confesionario de la Catedral y corro hasta alcanzar al sacerdote. El filo de la navaja se hunde en su carne y su mirada de desamparo me dicen adiós. Para mí es sólo el comienzo.
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