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viernes, 25 de abril de 2014

Solo entre tanta gente - 6




“Faltan quince minutos para las ocho y espero sentado en una banca frente a un monumento en la plaza de Los Ángeles. El hombre, el profesor, el desconocido, mi padre debe estar por llegar. Jamás he dudado de que vaya a fallar. Sé que va a llegar. Sabe que sólo necesito conversar y aclarar dudas. Sólo esta ocasión y desapareceré para no volver jamás. Mi única intención es alejar fantasmas y cerrar para siempre esa puerta.

A las ocho de la noche llega aquel hombre que tanto imaginé e idealicé. Se sienta a mi lado en la banca e intentamos ponernos al día. Nos contamos sobre nuestras vidas, un repaso rápido. Me cuenta que pasa por un mal momento con su esposa. Una crisis. Me agradece que todo lo que hice por ubicarlo, fuera así, de bajo perfil, sin tanto ruido. – Que aparezca un hijo ahora, de 33 años, sin que nadie haya sabido antes, es para que me echen de la casa altiro…

Me habla de sus hijos y del poco respeto que le tienen. De su hijo universitario que se llama igual que yo. Jamás supo el nombre que mi madre me puso, por eso hay dos hijos con el mismo nombre. Esa es una primera interrogante resuelta.

Se acuerda de cuando conoció a mi madre. Tenía 17 años. Mi madre era un poco mayor. Ella trabaja como asesora del hogar en Los Ángeles. Él era solo un pendejo pasándolo bien. Se llevaban bien, me cuenta. Anduvieron juntos como un año. De repente llegué yo al mundo. Mi madre se fue de Los Ángeles. Cero apoyo. Él no tenía idea de qué hacer. Era sólo un cabro chico, dice. Asegura que intentó buscar a mi madre, pero que nadie le ayudó. No hubo forma de encontrarla y después dejó las cosas en manos de su padre, mi abuelo.

Soy el mayor de seis hermanos. Ninguno de los cinco sabe que existo siquiera. Me dice que está cansado de hacer clases, que hace rato perdió el amor por enseñar, por el aula, por los alumnos y que hoy busca un trabajo administrativo. Me habla de su afición por la música. De sus escapes cuando era chico. De lo controlado que lo tenía su padre. De algunas de sus aventuras amorosas.

Siento amargura. Tristeza. Es una decepción conocer a este hombre. Absolutamente normal, cansado, hastiado de vivir. Sin sueños. Marcando el paso. Sobreviviendo.

Esperaba un hombre esperanzado en un mundo mejor. Con ideales. Algo que me hiciera entender quién soy, hacia dónde voy, qué quiero de la vida y nada. Decepción absoluta.


Intercambiamos teléfonos y nos prometemos estar en contacto, o al menos vernos cuando él tenga algún viaje al sur. No hay nada, no habrá nada. Los dos lo sabemos, pero igual anotamos el número. 

jueves, 9 de agosto de 2012

Felicidad express


La María llega siempre en los veranos, como a principios de febrero. Yo tomó el bus y me voy a Ercilla. En tres semanas jugamos con mi hermano Fernando y ella a que somos una familia feliz. Ella juega a que es una buena mamá.

Los regalos que nos trae desde Santiago nos hace olvidar el resto del año en que no sabemos nada de ella. Yo olvido sólo un rato. Para mi cumpleaños nunca recibo un llamado. A veces me llega una carta o una foto.

El Fernando no dice nada. Acepta todo de buena gana y se ríe. Juega con su camión rojo de bomberos y dice que se ve lindo con su chaleco verde con letras. Fernando es así. Se guarda todo. Algún día va a explotar.

La María nos quiere harto, se le nota, pero no es suficiente. No me alcanza con tres semanas en el año. No me alcanza para soñar. No me alcanza para creer que viene algo mejor.

“Y ustedes niños, ¿Qué quieren ser cuándo sean grandes?”, nos pregunta una señora mientras nos sentamos en una banca de la plaza. Fernando dice que quiere ser ingeniero. Yo digo que nada. ¿Pero como? si todos los niños quieres ser algo”, dice la señora. “Para que, si mi mamá no le importa, si está tan lejos y ni me llama en todo el año”, pienso. Ni siquiera soy capaz de decirlo.