“La Lunita se cree grande,
pero cuando sale a la calle siempre la están mirando. Los viernes en la tarde
salimos las dos al patio. La Lunita corre sin parar y salta muy alto. A veces
se esconde entre el pasto y me cuesta encontrarla. Aunque no me puede hablar,
yo le entiendo todo. Incluso me doy cuenta cuando se enoja porque la quieren
entrar. Los sábados le compró un “rico” y se lo echo en su platito. La miro
mientras come. Sé que es feliz, pero es más feliz cuando yo la vengo a ver. Mis
papás dicen que es solo una gatita. Yo sé que no. La Lunita es mi hermanita
chica”.
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jueves, 18 de diciembre de 2014
martes, 4 de marzo de 2014
Solo entre tanta gente - 4
“Diez de la mañana en Los Ángeles. Viajo en
colectivo rumbo al centro. No sé bien dónde empezar a buscar. Creo que la Plaza
de Armas es un buen comienzo. Frente a la plaza está el edificio de la Seremi
de Educación. Ingreso. En informaciones me atiende un funcionario de pelo cano.
Muy amable me cuenta que la persona que yo busco trabaja a solo unas cuadras
del centro. Me puedo ir caminando si quiero. Anotó la dirección y camino. No me
cuesta nada ubicar el colegio. Observo el frontis. Me amargo de a poco. Parezco
un delincuente y solo soy un hombre buscando a su padre después de 33 años.
Doy dos vueltas por alrededor del colegio y luego
me voy a una plaza cercana. Me siento en una banca y me pregunto un montón de
cosas. Sigo sin entender cómo alguien puede vivir tranquilamente sabiendo que
tiene un hijo al que nunca ha conocido o buscado. No entiendo cómo puede dejar
pasar los años sin saber en qué condiciones vive ese hijo.
Cerca de la una de la tarde decido volver al
colegio y sentarme junto a la puerta, como un apoderado más que espera a algún
alumno. Me tiemblan las piernas. Espero que aparezca ese hombre que conocí a
través de una fotografía y así poder abordarlo. Tengo una inmensa amargura. No
merezco pasar por esto. Nadie lo merece. El reloj avanza. Salen alumnos,
apoderados y algunos profesores.
Cuando ya perdía las esperanzas, aparece el hombre
de la fotografía. Sale rápido. Viste de pantalón de tela, camisa clara y un
chaquetón azul. Se me aprieta la garganta. Me paralizo. Reacciono en segundos.
Sé que puede ser mi única oportunidad de hablarle. Me preocupa su reacción, que
no me deje hablarle y sigan en mi cabeza las mismas interrogantes que me han
acompañado por años.
Lo sigo por varias cuadras. Lo veo entrar a un
pequeño negocio. Se demora un par de minutos y sale. Pasa junto a mí. Camina
rápido. Llega hasta un servicentro. Lo espero. Lo observo de lejos. Sale
nuevamente a la calle. Es la oportunidad. Camino rápido. Lo alcanzo. Camino
junto a él. No sé qué decir. Le pregunto por su nombre. No responde. Le digo
quien soy y de dónde vengo. Le doy el
nombre de mi madre. Le digo que soy su hijo y que quiero conversar con él. Sólo
ahí se detiene y me mira a los ojos".
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jueves, 21 de marzo de 2013
Solo entre tanta gente (2)
Juvenil Obrero está a 15
kilómetros de Yumbel. Viajo en un pequeño minibús. El sol golpea más que nunca
y el viento parece no existir. En la pequeña localidad no se ve gente en las
calles, parece un pueblo fantasma.
Es febrero. El único liceo del
pueblo está cerrado. Un grupo pequeño de alumnos juega en el patio, pero sólo
eso, no hay clases, sólo el almuerzo.
En el trayecto me encuentro con
una mujer que camino en dirección al liceo. Le preguntó si conoce a un profesor
que se llama igual que yo. Me dice que sí. “claro, si yo trabajé con él varios
años, yo soy profesora y me jubilé el año pasado. Ahora no está eso sí, porque
no hay clases, pero yo tengo su número de teléfono en la casa”, me dice la
señora.
Quedo petrificado. No sé qué decir.
La acompaño a su casa que está casi al frente del liceo. Entra a buscar una
libreta. Antes de darme el número me pregunta que quién soy yo y por qué busco
al profesor. “Soy un pariente que no ve hace años. Vengo a verlo de sorpresa”,
digo. “Pariente y no sabe dónde vive”, me responde.
La señora se relaja. Me cuenta
que el profesor es buena para la música y los instrumentos. “Cualquier
instrumento que le pasen, él lo toca altiro, sabe harto de música”. Me cuenta
que dos de los hijos del profesor chocaron hace unos días cerca de Cabrero y
uno quedó grave en el hospital.
De repente la señora se detiene y
me mira nuevamente. “Usted se parece harto al profesor, tiene la misma cara. Él
es alto como usted, aunque más gordito”, dice. Quedo helado de nuevo. Contengo la
respiración. Intento controlarme y no demostrar mis nervios.
Anoto el número que me da, le
agradezco y me voy. Llegó a la salida del pueblo y espero el minibús para
regresar a Yumbel. Le doy vuelta a todo. Me siento más solo que nunca. No resisto.
Lloro como nunca. Lloro de tristeza. Lloro de soledad.
El maldito minibús se demora
mucho y mi tristeza se hace más grande.
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martes, 22 de enero de 2013
Solo entre tanta gente (1)
“Anda a
cazar dragones y en el camino te vas a dar cuenta que son sólo fantasmas”. Así
me dijiste una vez cuando te conté de mi viaje a Los Ángeles. Siempre pensé que
estarías conmigo en la aventura, pero el tiempo quiso otra cosa.
Viajo casi
a ciegas. No tengo mucha información, sólo algunos datos básicos: mi padre:
tiene el mismo nombre que yo, es profesor de música y vive en Yungay, Octava
Región. Creo que no será difícil. Lo complejo son dejar atrás mis temores.
Mi Paula,
mi hermana, se ofreció a acompañarme. Decidí que no, que está era una historia
que debo completar solo. Afrontar los miedos que me han acompañado durante 29
años y acabar con los fantasmas.
A Yungay
llegó como a las 3 de la tarde. La ciudad está de fiesta y ya casi no quedan
hostales donde alojarse. Pregunto en un par de ellos y la respuesta es la
misma: está todo ocupado. Camino por las calles, me siento en la Plaza de Armas y observo a
la gente. Creo que de repente va a pasar a alguien que voy a sentir cercano.
Pasan las
horas. Decido ir a la comisaría de Carabineros más cercana. Me atiende un
oficial a quien le explico las razones de mi viaje. Ante cada palabra aflora la
pena. Siento lastima por mí. Me duele decir que busca a
mi padre, que busco al hombre que para mí siempre ha sido un fantasma y que hoy
necesito mirarlo a la cara.
El oficial me dice que el carabinero
especialista en los encuentros familiares tiene día libre, pero que mañana
estará a primera hora. Salgo de la comisaria. Tengo ganas de llorar. Vuelvo a la Plaza de Armas de Yungay.
“Mañana será otro día. Esto recién comienza”, pienso.
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lunes, 5 de noviembre de 2012
Delincuente pero digno
"Al socio le quité el pan con una mayonesa que llevaba. El socio me dijo: 'le paso la plata que tengo en la billetera, pero no me haga nada'. Yo le dije:'tranquilo, si no te voy a hacer nada'.
Si yo quería el pan con la mayonesa no más. Si andaba caga’o de hambre. Pa’ que le iba a quitar la plata, si uno también es consciente. Si uno sabe que a todos les cuesta igual ganarse sus monedas”.
Conversación de tres hombres en General Mackenna con Lautaro, centro de Temuco.
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jueves, 9 de agosto de 2012
Felicidad express
La María llega siempre en los veranos, como a principios de febrero. Yo tomó el bus y me voy a Ercilla. En tres semanas jugamos con mi hermano Fernando y ella a que somos una familia feliz. Ella juega a que es una buena mamá.
Los regalos que nos trae desde Santiago nos hace olvidar el resto del año en que no sabemos nada de ella. Yo olvido sólo un rato. Para mi cumpleaños nunca recibo un llamado. A veces me llega una carta o una foto.
El Fernando no dice nada. Acepta todo de buena gana y se ríe. Juega con su camión rojo de bomberos y dice que se ve lindo con su chaleco verde con letras. Fernando es así. Se guarda todo. Algún día va a explotar.
La María nos quiere harto, se le nota, pero no es suficiente. No me alcanza con tres semanas en el año. No me alcanza para soñar. No me alcanza para creer que viene algo mejor.
“Y ustedes niños, ¿Qué quieren ser cuándo sean grandes?”, nos pregunta una señora mientras nos sentamos en una banca de la plaza. Fernando dice que quiere ser ingeniero. Yo digo que nada. ¿Pero como? si todos los niños quieres ser algo”, dice la señora. “Para que, si mi mamá no le importa, si está tan lejos y ni me llama en todo el año”, pienso. Ni siquiera soy capaz de decirlo.
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